Educación y Cultura

Mi vecina escribe...'Verano' por María Aguirre

16 de Junio de 2022. 11:59 - María Aguirre

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'Verano' es el título del relato que esta semana llega a la sección 'Mi vecin@ escribe', una historia que nos devuelve a los años de infancia y al mundo de las aventuras vividas durante las vacaciones estivales fuera de la ciudad. Su autora, María Aguirre, natural de Cantabria y vecina de Majadahonda desde hace casi tres décadas, refleja en su narración su pasión por escribir, sobre todo, diarios de vacaciones.

 

VERANO

Me gusta que me pidas que te cuente historias de mi vida. ¡Tengo tantas! Y al recordarlas, retrocedo en el tiempo contigo, sus protagonistas resucitan y me permiten volver a hablar con ellos. A veces, incluso descubro algún matiz que me pasó inadvertido en su momento y que ahora, rememorando y sabiendo lo que ocurrió después, encuentro lleno de significado.

No es que mi vida haya sido extraordinaria o llena de aventuras. Apenas he viajado, no como tú, que a tu edad, sabe Dios cuántos países conoces ya. Ni siquiera he trabajado fuera de casa, ni conocido a personas importantes. Pero lo que te cuento pasó hace muchos años, y ha cambiado tanto el mundo desde entonces que entiendo que mis batallitas te resulten exóticas.

Ya te he hablado otras veces de nuestros veraneos familiares. Para nosotros, los niños, eran la época más feliz del año, y las esperábamos con impaciencia. Pero esa primavera habían nombrado a mi padre Director General y tuvo que quedarse en Madrid todo el verano. Mi madre quiso aprovechar para visitar a su hermana, que acababa de tener a su primer hijo, así que nos enviaron a mis hermanos y a mí a pasar el verano con el tío José María.

El tío José María tenía un cortijo en un pueblo de Badajoz. Le conocíamos poco porque solo venía a Madrid por Navidad. Era un poco huraño y a los niños nunca nos hizo mucho caso. Pero a nosotros no nos daba miedo, y estábamos excitados ante la perspectiva de ir a un sitio nuevo en el que intuíamos que íbamos a ser libres de hacer lo que quisiéramos.

Nosotros éramos niños de ciudad, como tú, y la vida en el cortijo nos cautivó.

Cuidaba de nosotros Angelina, la hija mayor de los guardeses, que ayudaba en la casa en diversas tareas, todas mucho más duras que la que le tocó ese verano. Así que estaba encantada, revelando ante nuestros ojos asombrados las bondades de la vida en el campo y pasmándose de nuestra ignorancia.

La finca era enorme y por todas partes encontrábamos maravillas que descubrir. Recogíamos huevos del gallinero, montábamos en burro, comíamos fruta recién cogida de los árboles… Todo eso, para nosotros, era pura aventura.

Un día en el que mi hermano pequeño, tu tío Eloy, se había alejado para jugar por su cuenta, lo vimos llegar corriendo por la avenida de coches, sofocado y sudoroso, gritando: «¡marcianos, venid, hay marcianos!».

Lo seguimos hasta la casa de los guardeses. En el jardincillo trasero, bajo la parra, jugaban cuatro niños pequeños con una cabeza enorme. Tenían la ropa y la cara sucias y parecían concentrados cada uno en una ocupación. Uno estaba cogiendo unas hormigas muy gordas y comiéndoselas con sumo placer. Otro trepaba como un mono a la higuera. Los otros dos peleaban como animales, sin miedo a hacerse daño. Nos quedamos fascinados mirándolos. De pronto el de la higuera nos divisó y gritó algo a los demás, que se volvieron hacia nosotros. ¡Qué susto nos dimos! Nos giramos y… ¡pies para qué os quiero!, corrimos disparados hacia la seguridad de la casa grande.

Encontramos a Angelina en la cocina y le contamos atropelladamente lo que habíamos visto. Angelina se puso muy roja y nos sacó al patio de atrás. «Eso niño son mi hermano y el que lo güerva a llamá marciano se lleva un bofetón que le dejo la cara colorá».

Durante la cena, que era el único momento del día que compartíamos con el tío José María, le preguntamos por los hermanos de Angelina. Nos explicó que tenían una enfermedad llamada hidrocefalia, que todos los hijos varones de la guardesa nacían así. Había tenido ya diez, todos con el mismo problema. Ninguno había llegado a la adolescencia, pero como la guardesa seguía pariendo un hijo casi todos los años siempre había unos cuantos «cabecitas», como los llamaba él.

Los cabecitas no iban al colegio, ni al médico ni a ninguna parte. Sus padres los criaban a su manera, más como a animalillos que como a niños. Ni siquiera tenían nombres nuevos, los heredaban de sus hermanos muertos, de forma que los que conocimos nosotros se llamaban Sebas III, Manuel II, Lorenzo IV y Luisín. Según el tío José María, el guardés le decía que era mejor no encariñarse mucho.

Como te imaginarás, nos acabamos haciendo amigos suyos y pasamos el verano ocupándonos de ellos. Les llevábamos nuestros juguetes y lápices para pintar, les enseñábamos cuentos y canciones, y nos sentíamos como unos antropólogos trayendo a la civilización a unos salvajes. Nos comunicábamos por gestos porque no entendíamos ni palabra de lo que decían. Eran muy brutos pero también inteligentes y receptivos, y reaccionaban muy bien a las muestras de cariño. Su temeridad y falta de vigilancia los exponía cada momento a multitud de accidentes y nos parecía un milagro que sobrevivieran sin grandes daños a esa vida. Les picaban los tábanos, los pisaban las ovejas cuando corrían por mitad del rebaño, sufrían mil caídas y descalabros. Nuestros intentos por educarlos para ser más cuidadosos y prudentes fracasaron rotundamente. Por las noches le contábamos al tío José María nuestros escasos avances civilizadores y él se reía de buena gana.

Y así, sin darnos cuenta, llegó el final del verano y vinieron nuestros padres a recogernos. Nos encontraron más altos, más morenos y más asilvestrados. Nos despedimos con mucha pena del tío, de Angelina y sus hermanos, y de todos los amigos que habíamos hecho en ese verano tan peculiar.

Cuando ya íbamos a salir, vimos que faltaba mi hermano Eloy. A veces se escondía y era una pesadez hasta que lo encontrábamos. Cuando por fin apareció, mi padre estaba enfadadísimo por retrasar el largo viaje de vuelta. El tío intercedió por él y le preguntó:

—¿No quieres volver a casa, chaval?

—¡No! Quiero vivir aquí contigo y con los cabecitas y no ir al colegio y no lavarme nunca.

—Anda, anda —se azoraba el tío José María—, sube al coche y no hagas esperar más a tu padre.

Nunca volvimos a casa del tío José María ni supimos nada más de los cabecitas.

Me miras sonriendo, te ha gustado la historia, ¿verdad? Ya ves que cosas pasaban. Y ahora, tráeme un vaso de agua, por favor, que tengo la garganta reseca de tanto hablar.

Mi vecin@ escribe

Cada dos semanas la sección #MiVecinoEscribe publica el mejor relato de entre todos los escritos por los alumnos del Taller de escritura creativa impartido por la escritora, referente del género negro en España, Mónica Rouanet. Puedes leer todos los retalos publicados hasta la fecha aquí.

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